Cuando eres mujer siempre te dicen que eres muy joven para hacer algo o muy vieja para lo otro, porque si te paras a pensarlo la edad perfecta para triunfar o para ser reconocida siempre será ser un hombre. Es increíble echar la vista atrás y pensar ¿cómo solo hay hombres importantes en la historia? ¿Cómo solo han llegado a nuestros oídos pintores, filósofos, matemáticos, científicos…? Tan solo todas las profesiones que el ser humano ha ido creando a lo largo de la historia y casualmente todas llevaban zapatos de hombre.
Por qué de todas las figuras importantes de la historia que nos enseñaban en el colegio, en el instituto e incluso en la universidad ¿por qué todas ellas tenían barba? ¿Por qué la genialidad no me pertenece por ser mujer?
Cansadas de que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, ¿dónde están las grandes mujeres? ¿Por qué nunca están ellas delante? ¿Cuántos Einsteins se han visto relegados a llevar un delantal?
Una de todas ellas fue Artemisia Gentileschi, prodigio en la pintura, alumna de uno de los mayores exponentes de la escuela romana de Caravaggio fue la primera mujer en hacerse miembro de la Accademia delle arti del disegno de Florencia y alcanzó tanta fama que su clientela llegó a ser internacional. A pesar de todos sus logros y de la relevancia que tuvo en el mundo del arte apenas conocen su nombre.
Artemisia nació en un entorno artístico , ya que era hija de Orazio Gentileschi (pintor italiano) lo que le permitió aprender arte y pintura, lo cual era poco habitual para una mujer de su tiempo.
Con apenas 17 años fue violada, hecho por el cual fue señalada el resto de su vida, condicionando cómo sería vista y recordada hasta día de hoy. En una época en la que violencia sexual (y mucho menos la violencia contra la mujer) no se consideraba un delito contra la víctima sino uno contra el honor de la familia, Artemisia se atrevió a denunciar a su violador, teniendo que someterse a varios juicios, un examen genital y torturas para comprobar la veracidad de los hechos, consiguiendo tan solo 5 años de cárcel o el exilio de el mismo, siendo una condena absurda en comparación para todo lo que sufrió la propia Artemisia.
En su Autorretrato como Alegoría de la Pintura (1638-39) se retrata a sí misma como “la Pintura”, fusionando la artista y el acto de pintar. Es una afirmación radical: “yo soy la Pintura”, en un mundo donde muy pocas mujeres podían proclamarse legítimamente como artistas profesionales.
En cuánto a sus obras, lo único que destaca por igual que su talento y técnica es su mensaje, la forma tan revolucionaria y feminista que tenía de contar una historia a través de sus pinturas, dandole a la mujer un papel además de protagónico relevante, es decir, la historia no tendría un sentido sin ellas. Presentándose a sí misma y a las demás como mujeres fuertes, valientes e independientes, llenas de rabia y reivindicación por vengar lo que habían sufrido. Destacamos cuatro cuadros importantes:
Susana y los viejos (1610):
El cuadro de Susana y los viejos representa una escena bíblica donde una joven es espiada y acosada por dos ancianos (los viejos), quiénes luego la amenazan con difamarla si no cede a sus deseos. En esta época este tema era muy recurrente para así, tener la excusa de representar el cuerpo de una mujer desnudo.
La artista sitúa a la protagonista en una postura que remite a la vulnerabilidad, con una mirada distinta al resto de representaciones del clásico, donde Susana es iluminada para destacar su inocencia, con una mirada de terror y asco, incómoda en su propia desnudez. La luz que la envuelve contrasta con la oscuridad y las sombras en las que son envueltos los viejos, quienes se acercan de forma invasiva a su víctima. El espacio la encierra, la mirada del espectador queda implicada haciéndonos cómplices del acoso que sufre (todo esto se puede ver reflejado en cualquiera de las representaciones hechas por Gentileschi).
Esta obra se ve muy influenciada por su experiencia personal, situado por fin la narrativa del acoso desde una perspectiva femenina, invirtiendo entonces la dinámica tradicional de revictimización y voyeurismo masculino.
Judith decapitando a Holofernes (1620): Esta obra es considerada como una de las más famosas y reconocidas de Gentileschi en la actualidad, siendo citadas en estudios de “arte y género”. A pesar de ser también una escena representada por múltiples artistas, Artemisia, como con Susana y los viejos vuelve a destacar por su técnica y representación artística desde una perspectiva feminista.
En este relato Judith, viuda judía, seduce y luego decapita al general asirio Holofernes para salvar a su pueblo, los pintores de la época tendían a sexualizar la escena, dotando a Judith de una mirada lasciva, en cambio aquí observamos como Judith agarra con firmeza el cabello de Holofernes mientras clava su espada en el cuello de este, con una mirada firme y determinante, demostrando liderazgo y protagonizando su propio destino.
El cuadro repite la táctica anterior, poniendo al espectador de nuevo como cómplice directo de la escena, sin esconder o disfrazar la violencia, con una Holofernes sangrante, que sufre y padece la consecuencia directa pasando entonces a ser el hombre el objeto de la acción. El impacto tan grande visual y simbólico de la obra, la convierten en un perfecto ejemplo de cómo el arte puede articular la perspectiva femenina y resistencia.
Lucrecia (1623 - 1625): La leyenda romana de Lucrecia o Lucretia , quién es violada por Sextus Tarquinius y, para preservar su honor, se suicida. Un tema frecuente en el arte y en el contexto histórico de el momento, donde las mujeres que eran violadas, como la misma Artemisia, lo perdían todo y se veían relegadas a casarse con su violador, siendo además marcadas el resto de sus vidas.
La pintura se aparta de representaciones clásicas más idealizadas: aquí la figura femenina es real, corporal, cargada de emoción, no idealizada para el deseo masculino, la artista se ve reflejada en el relato que representa, plasmando con su arte con mayor exactitud el papel de una mujer víctima, dotándola además de un poder simbólico donde decide su propio destino. Lucrecia abandona el papel de mártir y actúa dejando de lado su tormento.
Clip, Musa de la historia (1632): Gentileschi representa a Clio, musa de la historia, sentada, con libro y trompeta, emblemas de fama y memoria. Fue realizada en una etapa más madura de la artista, ya reconocida, y muestra una temática menos narrativa y más simbólica. Al pintar una alegoría de la Historia, Gentileschi reivindica el papel de la mujer no solo como sujeto dentro de la historia (como Susanna, Judith, Lucretia) sino como agente que escribe, que recuerda, que forma parte de la construcción de la historia. De hecho, al incluir su firma en el libro que sostiene Clio, está inscribiéndose a sí misma dentro de la memoria y del canon artístico.
La figura de Clio no es pasiva ni diminuta; ocupa el espacio, mira hacia nosotros, sostiene instrumentos de acción (el libro, la trompeta). Gentileschi adopta el lenguaje barroco para dar presencia y autoridad a lo femenino, sin tener que recurrir exclusivamente al tópico de la violencia o víctima.
En conjunto, estas cuatro obras nos permiten trazar un recorrido por la obra de Gentileschi: desde la representación de la vulnerabilidad femenina ante la agresión (Susanna), pasando por la reivindicación del poder (Judith), la reflexión sobre la violencia sexual y la decisión individual (Lucretia), hasta la afirmación autorrepresentada del lugar de la mujer en la historia (Clio).
Artemisia no se reducía al tópico feminista de solo “pintar mujeres fuertes” sino a cuestionar cómo se ha representado a las mujeres históricamente: el cuerpo, la mirada, la agencia, la víctima y la memoria. Gentileschi lo hace desde dentro, con su saber técnico, su experiencia personal —y con un lenguaje pictórico barroco que, paradójicamente, ofrece derechos para hablar de género, poder y vulnerabilidad.
Nerea Ríos Delgado
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